Mi viaje a Laponia, el país de Papá Noel

Un relato que nos lleva de viaje a la región más septentrional de Finlandia para encontrarnos con el legendario y mágico personaje, conocido por repartir regalos a los más pequeños durante la Navidad
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Martín, mi sobrino-nieto, cumplirá el próximo el 13 de enero 3 añitos y, como cualquier niño de su edad, está lleno de energía y curiosidad. Le encanta fingir que es un personaje de los cuentos e imitar a los adultos. Aunque todavía necesita ayuda, está en lo de querer ser independiente, por lo que reclama con vehemencia y determinación vestirse o comer solo. Por supuesto, le encanta jugar con otros niños, aunque, en honor a la verdad, debo decir que se muestra generalmente impacienteen lo que respecta a compartir y esperar su turno. A sus abuelos, Pepe y Pilar, les deja perplejos y agotados con sus rápidos cambios de humor y sus emociones intensas de alegría, frustración o tristeza.  También─ y aquí es donde reside la madre del cordero de la razón de mi reciente viaje a Laponia, el país de Papá Noel─ le gusta hablar y hacer preguntas.

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Estas navidades compartiré con él, junto con el resto de la familia mesa y mantel con motivo de la celebración de la Nochebuena y mucho me temo que formule la pregunta del millón de dólares en algún momento en el que el personal esté en modo “bajada de la guardia”: ¿Es verdad lo de Papá Noel?

Sí, amigos, ¿es verdad lo de Papá Noel? Pensarán que soy un ingenuo, pero esta pregunta nuclear me la sigo haciendo a pesar de mis sesenta y tantos años. Así que, ni corto ni perezoso, una mañana toledana de principios del pasado mes de noviembre tomé la decisión de realizar un viaje a Laponia para descifrar de una vez por todas el gran enigma que tiene en vilo desde “in illo tempore” a niños y no tan niños. Claro que hice este viaje desconociendo si los papás de Martín, Juan y Elena, prefieren mantener la magia y la ilusión de esta entrañable figura de la Navidad o la prosa de ser honestos con su hijo desde el principio.

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A pesar del “palizón”, decidí hacer este largo y frío viaje en coche. De este modo —pensé—tendré la oportunidad de explorar diferentes países durante el camino, como Francia, Alemania y Suecia. Así que, como un auténtico campeón, me hice la friolera de más de 4.500 kilómetros en menos de tres días.

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Llegué de aquella manera por la mañana hasta Rovaniemi, la capital de Laponia, el pueblo de Papá Noel, con la impresión de que me encontraba en un mundo mágico, extraído de un cuento de hadas, donde la realidad y la fantasía se entrelazan. Los árboles, cubiertos de nieve. El aire, gélido y purísimo. El silencio, profundo como la eternidad.

Me puse las botas —culinariamente hablando—en el Hostel Café Koti, con un delicioso desayuno buffet a base de pan casero, avena, huevos cocidos, embutidos, queso, frutas frescas, yogurt natural, granola casera, jugos y café recién molido. Luego, una vez cumplidos con los requerimientos del estómago que, oiga, según don Quijote, es la oficina donde se fragua la salud del cuerpo, me puse a buscar a Papá Noel y su famoso taller.  Por supuesto, yo no creía que fuera el verdadero pueblo de monsieur Pere Noel, misterFather Christmas, herrNikolaus, sir Joulupukki, Viejito Pascuero y que en España responde al sonoro nombre de Papá Noel. Un entrañable personaje, por cierto, de complexión robusta, larga barba blanca, el rostro iluminado por una sonrisa cálida y sus mejillas sonrosadas y siemprealegre y de buen humor.

Así que, cual sabueso del periodismo, me puse en modo “manos a la obra” con la intención de descubrir, de una vez por todas, si el idealizado personaje por los niños y los que algún día lo fuimos, de piel blanca, traje rojo brillante con ribetes de piel, cinturón negro ancho y unas botas negras, el gorro rojo con una borla en la punta, era ficción o realidad.

Con este gran propósito me dirigí hasta la Oficina de Turismo del lugar con la intención de recabar información sobre el paradero del Sr. Noel. Una simpática lugareña, me respondió sonriente:

—Se tuleenäkyviin. Sinuneitarvitseetsiähäntä, hänlöytäasinut”, es decir, Ya aparecerá. No tiene que buscarlo, él lo encontrará a usted. A continuación, me ofreció la posibilidad de vivir una experiencia mágica con una excursión en trineo tirado por renos, la visita a una auténtica cabaña lapona, que incluía una cena tradicional a base de salmón ahumado y bayas silvestres junto a una acogedora chimenea. Y, para redondear la velada, si yo lo deseaba, la contemplación de la aurora boreal, un inolvidable ballet celestial de colores verdes, púrpuras y rosados.

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Agotado por los casi tres días de viaje en coche y el desasosiego de mis pesquisas, me alojé para dormir en el Santa Claus Holiday Village, de Rovaniemi, un encantador alojamiento en el corazón del Círculo Polar Ártico que ofrece cabañas acogedoras con sauna privada y acceso directo a las actividades de Papá Noel.

—¿Acceso directo a las actividades de Papá Noel? Sería mejor que lo llamaran reclamo turístico para los ingenuos como yo que siguen creyendo en este mítico personaje de la Navidad —pensé con escepticismo.

Tras un frugal desayuno, decidí dar un paseo por la ciudad sin mayores pretensiones. Bueno —razoné— con la que está cayendo en el mundo, este fresco paseo por el pueblo de Papá Noel que llenará mi corazón del espíritu navideño me vendrá de maravilla Algo es algo. Probablemente no consiga el propósito principal de averiguar la verdad de Papá Noel para trasladar a mi sobrino-nieto Martín, pero, al menos, no volveré a España con las manos vacías. Mi familia se quedará sorprendida con las increíbles historias y sensaciones que les contaré durante la fantástica velada de la Nochebuena. 

En esto que, después de varias horas de caminata por la ciudad, el olor de humo casero de chimenea, impregnando completamente el ambiente y el aroma de galletas recién horneadas, llamaron mi atención olfativa. Luego, un sonido muy peculiar procedente de una pequeña fábrica, generado por una combinación de risas ligeras y musicales, voces melodiosas y susurros suaves, captó definitivamente mi atención.

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—¡Oh! —exclamé. Este debe ser el famoso taller de los elfos. Pues, allá voy. Le echaré un vistazo. Ya me estoy imaginando la cara que me va a poner mi sobrino Martín cuando le cuente con detalle todo lo que he visto en el famoso taller de los elfos.

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Al entrar en esta fábrica de juguetes visitable para los turistas apareció ante mí una figura imponente, vestida de Papá Noel, su característica barba blanca y su traje rojo. Le seguiré el juego, ja, ja, ja —pensé.

—¡Jo, jo, jo! ¡Bienvenido a mi taller! ¿Qué le trae por aquí? —me comentó en un casi perfecto castellano.

—He venido a conocerle. Siempre he soñado con conocerle y ver cómo prepara todo para la Navidad. Bueno, también, para saber cómo logra entregar tantos regalos en una sola noche

—¡Ah, la magia de la Navidad! Tengo la ayuda de mis fieles renos y mis elfos trabajadores. Además, el tiempo funciona de manera diferente en la noche de Navidad, lo que me permite visitar a todos los niños del mundo —me respondió amablemente.

—Ya, le entiendo, pero, oiga, Sr. Papá Noel, como no quiero hacerle perder el tiempo escuchándole decir las consabidas frases bonitas sobre la magia de la Navidad, los niños buenos, los regalos, el amor y la bondad que debe presidir este maravilloso acontecimiento, iré directamente al grano con usted—le pregunté con cierta impaciencia

—Pues dispare, caballero, que soy todo oídos para usted, jo, jo, jo…

—¿Es usted Papá Noel? o, más bien, ¿un buen actor que se gana la vida haciendo pasar un buen rato a los niños y los turistas que se desplazan hasta aquí?

—Pero qué cosas tiene, buen amigo, jo, jo, jo…. ¡Claro que soy el mismísimo Papá Noel! Usted, quizás, no me reconozca porque los años y las innumerables batallas que ha tenido que librar en la vida le han forjado un corazón endurecido y la pérdida del sentido del asombro. Toque, toque —me comentó con sorna— y verá que soy el verdadero Papá Noel.

—¡Joder, con perdón! Este tío es bueno, muy bueno como actor. ¡Pero qué bien representa el papel del mítico Papá Noel! ─pensé.

—Ya sé lo que está pensando: que yo no soy el verdadero Papá Noel; pero, se equivoca, feliz viajero. ¡Lo soy! —exclamó con determinación y convicción.

—¿Y cómo sé que lo es? —le pregunté, tratando de meterle en un brete.

—La respuesta no debo dársela yo, sino usted mismo, consultando con su corazón. ¿Sigue creyendo en el espíritu de la Navidad? —me preguntó.

—Sí, en esto sí, más que en muchas otras cosas.

—Pues, entonces, mi querido amigo, debe usted seguir creyendo que yo he existido, existo y existiré siempre. Ande, ande, toque, toque… jo, jo, jo.

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—Entonces, ¿Puedo decirle a mi sobrino Martín que usted sí que existe de verdad? ¿Y a sus papás, Juan y Elena, que deben asegurarle que lo es?

—Claro que sí, y con pleno convencimiento, caballero.

—Sí, sí, sí. Papá Noel existe de verdad — corearon todos los elfos del taller al unísono.

—Ya ve, caballero, lo afirman los elfos, unos buenos amiguitos que no mienten nunca.

—Conforme, me ha convencido usted, señor Papá Noel. Y, ahora, si no tiene usted inconveniente, ya que estamos metidos en harina, dígame, por favor: ¿Qué es lo que más le gusta de la Navidad?"

—Mi parte favorita —me comentó con voz suave y calmada— es ver la alegría y la felicidad en los rostros de los niños cuando reciben sus regalos. La Navidad es un momento para compartir amor y bondad, y me encanta ser parte de esa magia.

—Ya, de acuerdo. ¿Y qué hace el resto del año, si se puede saber?"

—Paso mucho tiempo aquí en Laponia, supervisando la fabricación de juguetes y asegurándome de que todo esté listo para la próxima Navidad. También me gusta leer las cartas de los niños y mantenerme en contacto con ellos. Por cierto, ¿Cómo me ha dicho que se llama su nieto?

—Martín. Martín Suárez Laporta

—Pues, me va a permitir que le eche un vistazo con mi bola mágica de cristal.

—¿Ve algo?

—En estos momentos veo a su sobrino Martín correqueteandopor un amplio salón de una casa. A continuación, se dirige hasta el frigorífico de la cocina, lo abre y coge con su manita derecha un puñado de dátiles. Prueba uno y le dice que están excelentes. Luego le dice a su abuelita que se ponga las gafas para que pueda ver mejor.

—Gracias, Papá Noel. La abuelita de Martín es mi hermana Pilar.  Es usted un crack. ¿Me podría dar algún mensaje para él y de paso para todos los niños del mundo?

—Sí, por supuesto. Dígale a su sobrino Martín que su amigo Papá Noel le ha explicado que la verdadera magia de la Navidad no está en los regalos, sino en el amor y la bondad que compartimos con los demás. ¡Ah! Y que sea siempre amable y generoso con sus amigos durante todo el año y no sólo en Navidad. ¡Jo, jo, jo!.

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Al regresar a mi casa de Toledo, recostado en uno de los sillones del salón, observo el espectáculo hipnótico y acogedor de las llamas de la chimenea. El sonido del crepitar de la madera añade una dimensión auditiva a la experiencia, creando una atmósfera cálida y relajante.

Entonces, mi imaginación voló hasta Laponia, el país de Papá Noel, invitándome a soñar y recordar que en el rincón más helado del mundo hice el descubrimiento más extraordinario de todos: el de que Papá Noel existe de verdad, pues yo mismo lo he visto y lo he tocado, jo, jo, jo. 

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